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Diciembre 8, 2022

Mujeres post pandemia: Tejiendo sueños Historias de Mujer

En mi búsqueda de historias, como columnista de este espacio, me sitúo en un lugar favorito, Valparaíso, mágico para mí, lleno de vida y colores, con casas pintorescas, con gatos revoloteando por todos los rincones, que se cruzan entre callejones, alcantarillados y entre mis pies, que van casi guiando el camino. Voy subiendo una larga escalera, que pareciera va camino al cielo, pero no es así, me lleva camino al cerro Concepción, y a mitad de esta subida me detengo a mirar el mar, los barcos que vienen y van, un día nublado, una brisa costera, y ante mis ojos pienso ¡Qué lindo es este puerto! Llego a mi destino, toco el timbre, que se esconde entre mariposas colgando, un gran traga luz, en la pared de entrada de la casa el rostro dibujado en acrílico de Violeta y un gato ficticio, de esos que venden los chinos, esos que se mueven adelante y hacia atrás posado en el techo de un buzón de cartas.  

Se abre la puerta, varias tejedoras en el pasillo conversando, entre risas, de chistes, de historias, un grupo de unas diez, con un brasero y sobre él una tetera blanca que humea exquisita y una jarra que dentro tiene agua cargada de cascaras de naranja, canela, para endulzar ese té de la tarde, el pasillo de madera que brilla como el sol y las estrellas, imagino fue encerado a la antigua, con betún café, huelo a limpio, esa limpieza a las que las abuelitas acostumbraban tener en sus casas, y para variar nuevamente un gato negro, de cola enroscada, se pasa por delante mío, pero no le temo, se ve simpático, me ronronea, su pelaje brilla como la limpieza de la casa, y pienso ¿cómo alguien pudo haber dicho que los gatos tren mala suerte? Si éste es puro cariño.

Me siento en una silla de mimbre que tiene un cojín tejido a mano, colorido, suave y calentito, que solo la lana te da. Me sirven ese delicioso té de canela y comienzo a escuchar lo que las abuelitas conversan, todavía tienen fe que las artesanas tendrán el espacio que necesitan, que se merecen como derecho no adquirido, sino más bien ganado, en esta cultura pandémica que nos ha arrasado a todas. 

Muchas de ellas tenían sus puestos de emprendimientos en la Av. Pedro Montt, otras se ponían en el Muelle Prat, en el paseo 21 de mayo, a vender sus tejidos, durante la cuarentena los sueños quedaron dormidos a la espera que todo pasara. Entramos a fase 4 y comenzamos nuevamente a tener esperanza, a crear ideas, a planear encuentros, nos reunimos a conversar, disfrutan la tarde y escucho contar entre una madeja que se va desmadejando sola entre palabras.

Qué importante son las mujeres artesanas, las fabricantes con sus manos de obras que muchas veces para un sistema son solo productos y no grandes obras de arte. Una se levanta de su silla, se para frente a un espejo, deja los palillos de tejer en una mesita, se mira y ve el rostro de una mujer de unos 70 años, un rostro cansado y marcado por las amanecidas de la brisa marina, unas manos de años tejiendo, cosiendo, bordando y ve en su pelo una cana bajo esa tintura de pelo negro, y comienza a tirarla y la tira y tira, y la Cana va alargándose cual lana se desenreda y da vueltas y vueltas sobre su cuerpo, hasta que se salió toda la Cana, que se convierte en un nodillo grande y ahí ve a una niña frente al espejo, una niña que espera los brazos de su madre, la niña que recién comienza a soñar, entre lanas y sueños.

Ya estamos en fase 4, se miran todas las artesanas, sonriendo con el té en las manos, y vamos otra vez, juntas, hilando, creyendo, confiando, después de una vida de trabajo, que solo durmió un tiempo y hoy se para otra vez.  Historias de Mujer. Por Julieta Saavedra CuentaCuentos.

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